Un bulto en el seno derecho fue la señal que llevó a Rosalía González a buscar atención médica. En 2018, a los 45 años, recibió un diagnóstico de carcinoma ductal infiltrante en etapa tres. El tumor medía siete centímetros y el tratamiento incluyó quimioterapia, radioterapia y una cirugía para retirarle el seno afectado. A partir de entonces, su vida cambió por completo: perdió el cabello durante dos años, bajó de 52 a 32 kilos y tuvo que dejar el trabajo que tanto disfrutaba.

“Pensé que me iba a morir”, recuerda sobre el miedo que sintió al conocer su diagnóstico. A la incertidumbre se sumaron la preocupación por su familia y momentos de depresión en los que tuvo que encontrar fuerzas para continuar. “Cuando estaba sola, hablaba con mi cuerpo y le decía que todo iba a estar bien”, cuenta. El apoyo de su esposo, sus seres queridos y la atención psicológica que recibió en el Centro Médico Nacional Siglo XXI fueron fundamentales durante ese proceso, en el que también reconoce la atención y el acompañamiento de sus médicos.
La pérdida de un seno representó un duelo personal, pero también la posibilidad de seguir viviendo. Rosalía intentó someterse a una reconstrucción mamaria; sin embargo, una infección puso nuevamente en riesgo su salud. Fue entonces cuando comprendió que no necesitaba recuperar una parte de su cuerpo para recuperar su vida. “Entendí que primero es mi salud y mi vida. Mi vida no es un seno”, afirma.
Hoy, casi ocho años después de aquel diagnóstico, continúa bajo vigilancia médica y acude a revisiones cada seis meses. Aunque algunos hallazgos han despertado sospechas, los estudios y las biopsias no han confirmado que el cáncer haya regresado. La espera entre una consulta y otra sigue despertando temor, pues sabe que la incertidumbre no desaparece por completo. “Todavía es algo que no he podido superar al cien por ciento, porque no me han dado de alta y siempre hay una zozobra cada seis meses”, comparte.
A pesar de todo lo vivido, Rosalía agradece la oportunidad de seguir aquí. Su historia no significa que haya dejado atrás todos sus miedos, sino que ha aprendido a seguir adelante con ellos, acompañada del cariño de su familia y de la atención médica que continúa recibiendo. A las mujeres que atraviesan una situación similar les pide no perder la esperanza, buscar atención profesional y recordar que no están solas en su lucha.

Cuando se le pregunta qué mensaje quisiera dejar a otras mujeres, su respuesta reúne el aprendizaje de estos años, el dolor que ha enfrentado y el valor que hoy le da a su vida: “No somos un seno. Somos mujeres que tenemos derecho a vivir, a que nos atiendan, a tener una segunda oportunidad de vida”. Porque detrás de un diagnóstico hay una persona, una familia, sueños y una historia que merece continuar. La de Rosalía sigue escribiéndose, un día a la vez.
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