Rodrigo Muñoz Sánchez

Conforme dejamos atrás un año complejo para la lucha ambiental internacional, los prospectos de la resistencia ante la crisis planetaria parecen desalentadores frente al complejo entorno geopolítico que vivimos, generando una potente sensación de fatiga emocional y desánimo. Estos sentimientos se conocen como ansiedad climática o ecoansiedad, afectan principalmente a los jóvenes y son descritos por la organización Sustaining All Life como una “respuesta emocional desafiante al cambio climático y otros problemas ambientales”. Estos problemas son demasiado abstractos, ubicuos, y estructurales de tal forma que no podemos resolverlos como individuos, y aunque a veces no nos afecten directamente nuestra empatía nos hace sentirlos personalmente.
Debemos reconocer que la ecoansiedad no se considera como una enfermedad, sino como una respuesta racional a la realidad del cambio climático que surge desde nuestra empatía; sin embargo, a su vez es un estado emocional que puede ser severo y afectar la salud mental. De manera general, la ansiedad es una emoción normal y útil; la psicología positiva lo ve como un estado mental orientado al futuro que resulta de un reto difícil para cual no se tienen habilidades suficientes, lo que detona nuestra respuesta de “pelear o escapar”, y está asociado a sentimientos de miedo, enojo, extenuación, impotencia y desesperanza.
La ecoansiedad está compuesta por diversos sentimientos ante situaciones actuales y esperadas: el duelo ecológico se presenta ante la pérdida de especies, ecosistemas, glaciares, etc. Otros sentimientos relacionados son la eco culpabilidad por no alcanzar estándares personales o sociales, y la ira ecológica, que es una frustración dirigida hacia grupos o instituciones por inacción o por los cambios ambientales.
Un sentimiento particularmente fuerte y existencial es la solastalgia, que es una aflicción causada por la transformación y degradación del ambiente o entorno del hogar, que al ser el espacio en que crecemos y vivimos forma parte integral de nuestra identidad. Esto es particularmente marcado en las comunidades indígenas, cuya cosmovisión está fuertemente anclada en el territorio, y quienes viven de primera mano la degradación de los ecosistemas.
El problema de la ecoansiedad es que puede resultar en falta de acción y ser paralizante para evitar conflicto, una respuesta de “avestruz”, es decir, hacer como que no existe, lo cual desemboca en el doomerism, que es una actitud fatalista en la que ya no vale la pena hacer nada. Estas respuestas fatalistas solo benefician a la industria fósil, quienes preferirían ver a sus potenciales adversarios postrados sin poder hacerles frente.
La respuesta y tratamiento ante la ecoansiedad parte del reconocimiento de que no es un problema disfuncional mental. El tratamiento psicológico tradicional no está diseñado para lidiar con el trauma colectivo en una escala planetaria, por lo que muchas de las soluciones parten desde el tratamiento no clínico colectivo (que retoma elementos de la medicina tradicional, como la terapia familiar con hongos alucinógenos) que busca la construcción de comunidades donde se construyan redes de apoyo para compartir nuestros sentimientos y pensares.
Un elemento importante de la solución es transformar la parálisis en acción, donde las acciones personales, que, si bien por sí mismas son una gota en el mar, generan empoderamiento al ver cambios en nuestro entorno y son contagiosas. Sin embargo, la verdadera palanca que tenemos como ciudadanos es la colectivización de nuestra acción y el activismo para exigir cambios sistémicos. Juntos somos una fuerza equiparable a los intereses que han creado y mantienen esta crisis planetaria. Es por esto que en este año 2026 que empieza, debemos hablar más entre nosotras y nosotros sobre las preocupaciones que nos aquejan y exigir y actuar más en colectivo para llevarnos hacia el futuro que deseamos.
Rodrigo Muñoz es Ingeniero Civil y doctorante en Ciencias de la Tierra por parte de la UNAM. Es profesor en la Facultad de Ingeniería en la UNAM, cofundador de una empresa de proyectos de energía fotovoltaica, ha participado en reportes para la UNESCO y BRICS, y ha sido consultor en el Senado en política ambiental. Trabaja con temas de energía e impactos del cambio climático.
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